Road trip Euskadi – Lagos de Covadonga I.

A mediados de enero puse a prueba mi capacidad de improvisación en materia de viajes. El ya famoso y cansino “salir de la zona de confort” representado en un plan imprevisto.

Era viernes y yo había madrugado muchísimo para trabajar. De regreso a casa elegí el camino más largo por eso de que hacía sol y es bueno caminar y bla, bla, bla… De repente un encuentro fortuito derivó en una caña en una terraza y en una invitación a un viaje sin organizar que comenzaría en menos de dos horas. ¿Dos horas para comer, hacer una maleta, asegurarme de que no se me olvida nada y marchar? “No rotundo…nonono…espera que lo pienso…bueno laverdadesque…venga vale, voy!” Y así, en una hora y media, salía a la calle con la maleta para llegar a Bilbao seis horas después.

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Es una contradicción en mí pero me encantan las refinerías de noche.

Al día siguiente nos dirigimos a Vitoria. Lo que iba a ser una simple reunión con unos amigos se transformó en un día muy bien aprovechado, gracias en parte a que una de ellas ejerció de guía local, intercalando las clásicas explicaciones sobre la ciudad con anécdotas personales vividas a través de sus ojos de extranjera (Rumanía, nada más y nada menos) durante los dos años que lleva allí. Lo que pasa cuando saben entretenerte es que te olvidas de algo que ahora mismo parece inherente a un viaje: sacar fotos con el móvil. Saqué muy pocas. Ninguna a las catedrales. Ninguna a las edificaciones típicas del casco viejo que tanto me recordaron a la arquitectura de Limoges. Ninguna a los platos que comimos en El gautxo (Cuchillería Kalea, 3) ni del paseo por Salburúa ni de las carrilleras y el goxua que nos comimos en Matxete.IMG_20150130_092147  IMG_20150130_092119IMG_20150130_092013

El segundo día empezó con calma, con un poco de Bilbao y siendo el tema de dónde y qué comer lo último que se nos pasaba por la cabeza. Todavía nos acordábamos de los platos del día anterior y lo último que queríamos era ir de pintxos.

Nos acercamos al Nervión y el paseo nos llevó al Museo Guggenheim,  vimos a “Mamá” de Louise Bourgeois, los “Tulipanes” de Jeff Koons, “El gran árbol y el ojo” de Anish Kapoor y la “escultura de niebla” de Nakaya.

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Y a Puppy (Jeff Koons). Imposible no verlo y fotografiarlo, aunque lo difícil fue hacerlo bien!

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Un poco sin rumbo llegamos al Euskalduna y su exposición de los Guerreros de terracota de Xián.

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No había ganas de comer y sí de pasear. El parque de Doña Casilda y su preciosa pérgola fue la siguiente parada.

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La tarde había llegado y alimentarse parecía algo básico en ese momento. Pero estábamos en Bilbao, puede ser básico pero nunca será funcional. Unos pintxos (sin foto, el gran error del viaje fue no sacar ninguna foto de la comida, aunque bien es cierto que nos los sabemos ya todos) y una botella de Agua de Bilbao. El lugar fue el café Iruña, en el barrio de Abando. Recargado, acogedor, bullicioso y con unos artesonados de los que provocan dolor de cuello. De hecho fue lo único con lo que no aguanté las ganas de sacar la cámara mientras comíamos.

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Una de las canciones del viaje: So long, Marianne.

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